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Vania en la Calle 42: Chéjov en proceso

Una melodía de jazz nos conduce a través de la bulliciosa calle 42, los actores llegan al decrépito New Amsterdam Theatre. Sólo un grupo reducido de espectadores asiste a este ensayo de Tío Vania. Entran al teatro y admiran la belleza decadente de la sala en la que “se representó Ziegfreld Follies”, cuenta André Gregory, director de la obra, a su público selecto. Retazos de conversaciones se mezclan con la música. Wallace Shawn –que interpreta Vania– comenta que se siente exhausto porque no ha dormido bien, se tumba para descansar en un banco. Justo a su lado, Pheobe Brand –Marina, la nodriza– y Larry Pine –Dr. Astrov– se sientan en una mesa. Él se queja que va muy atareado, actúa en varias producciones a la vez. Sutilmente, esta charla enlaza con el principio del texto de Chéjov, y Shawn se despierta perezoso como Vania. Desde el inicio de Vania en la calle 42, Louis Malle sobrepone y difumina las fronteras entre cine y teatro, ensayo y función, siglo XIX y XX, actores y personajes. Inmortaliza en el celuloide cinco años de trabajo de Gregory con un elenco excepcional de actores.

Los planos cortos de Malle nos trasladan al montaje íntimo de Gregory de Tío Vania. Como si de música de cámara se tratara, cada personaje-actor aporta su voz y presencia para materializar la finca en medio del vasto campo ruso, a pesar del atrezzo inexistente. De hecho, el anacrónico vaso de plástico ‘I love NY’ pasa casi desapercibido. Pero, ¿qué ocurre en este ecosistema aislado? Tras la llegada reciente del profesor Serybryakov (George Gaynes) y su joven y hermosa esposa Yelena (Julianne Moore), la inactividad se ha apoderado del ambiente. Los habitantes habituales de la finca, la hija del profesor Sonia (Brooke Smith) y su tío Vania (Shawn), se ven obligados a afrontar sus frustraciones y desilusiones. Es más, Chéjov no priva a ningún personaje de amargura en su obra, cuando se preguntan: ¿A qué he dedicado mi vida?

A través de la adaptación de David Mamet, Gregory se zambulle al drama y la tragicomedia inherente en el texto de Chéjov: deja que los actores jueguen con los diálogos e interpreten entre líneas. Shawn retrata a un Vania bufonesco: de la desesperación ante los reiterados rechazos de Yelena es capaz de saltar, en un santiamén, a la payasada más caricaturesca. Moore exaspera con sus sonrisas indescifrables y el terco aburrimiento de su personaje. Su Yelena zarandea a Vania, lo enreda en su melena pelirroja, para luego rechazarlo con una mueca disfrazada de sonrisa. Smith, que encarna Sonia, abandera la transparencia y el juego limpio. Brilla tanto cuando se ilusiona, como cuando asume obstinada que Astrov no le corresponde. Pine construye a Astrov con miradas penetrantes, que atraviesan con lujuria a Yelena –quien desea al hombre atractivo– , e indiferencia a Sonia –quien ama al visionario.

A Smith no le cae ninguna lágrima cuando Shawn le pregunta ‘¿Por qué lloras?’. Pero este décalage entre texto e interpretación no importa, la intensidad de Smith nos identifica con esta heroína de la cotidianidad. La obra de Chéjov parte de la frustración dolorosa de Vania y concluye con la abnegación de su sobrina. Son las dos caras de la misma moneda: Vania ha perdido la fe en su trabajo sacrificado, pero Sonia tiene esperanza en Dios. Chéjov no se posiciona: expone la visión pesimista y la optimista. Sonia y su tío en silencio escriben en sus cuadernos. No se aplaude, André Gregory y el resto de actores se reúnen alrededor de Smith y Shawn. La misma melodía de jazz cierra el círculo que ha abierto en medio de la calle 42. Permanece el sabor de la intimidad, la entrega en el ensayo y la magia que emana del proceso.

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